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| Historia de
Cotija y la Guerra Cristera
Esta
es una de tantas anécdotas que sobre la Guerra Cristera se
sucedió en Cotija de la Paz, Michoacán:
Un
profesor de historia suele decir que para explicar un hecho histórico
el mejor modo es enmarcarlo en los limites geográficos y cronológicos.
Aquí el hecho histórico es el desarrollo y labor de un grupo de
personas continuadoras del proyecto de un hombre (que es el
proyecto de los hombres de Dios: extender su reino y trabajar para
la mayor gloria de este Rey); este grupo de personas: los
operarios del Reino de Cristo; este hombre: el Padre Enrique
Amezcua Medina.
Quizás para entender mejor el espíritu de este hombre que después
transmitirá a sus hijos: los operarios, sea necesario ir allá
donde se empieza a fraguar, donde se coloca esa semilla de amor
sacerdotal en el corazón de un pequeño niño mexicano, que más
tarde daría vida a esta "obra de Dios".
México, 1926-1929: grupos de fieles cristianos se
convierten en héroes y lo dan todo al grito de ¡Viva Cristo Rey
y Sta. María de Guadalupe! En la heroica epopeya cristera, en la
que muchos sacerdotes seguían como capellanes a sus ovejas en su
entrega fiel por la causa del Reino de Cristo, que con ejemplar
valentía se lanzaban a defender los derechos de la Iglesia.
En esta contienda armada había hombres, mujeres, ancianos y niños,;
se organizaron por distintas partes del país, sobretodo en la
parte centro y oeste de México. Partieron muchos cristianos
generosos y buenos a defender su fe y mostrar su amor y fidelidad
a la Iglesia en el ejército cristero; entre los niños que solía
haber en este ejército, nos detendremos un momento en uno: José
Luis Sánchez del Río, nació en Sahuayo, Michoacán el de de
1914. Tenía 13 años cuando en 1927 había ido una tarde al
santuario de la Virgen de Guadalupe a formular una promesa que
nadie escucharía, sino Cristo Rey y Su Madre Bendita: la promesa
de sumarse al ejército de valientes que se habían comprometido a
luchar por el Reino de Cristo.
Un día habla a su madre con toda la franqueza, entrecortando un
poco las palabras por la fuerza de su voz llena de emoción y
entusiasmo. La madre sintió que le inundaba la tempestad de cariño
de su hijo: no quería creerlo... "Mamacita, lo tengo
decidido. Dame tu bendición y ofréceme a Cristo Rey. No
sufras... Mira que nunca ha sido tan fácil ganarse el
cielo". La madre, repitiendo el gesto de la de los Macabeos,
entrega a su hijo a Dios, bendiciéndolo.
Le comunica al General Prudencio Mendoza ( General cristero que se
encuentra en Cotija, Mich.) que lo reciba entre sus soldados de
ese pueblo valiente; manifestándole que si es chico para tomar
las armas, podrá servir de otras maneras en el ejército: que
podrá cuidar los caballos de los soldados; ponerles y quitarles
las espuelas a los cristeros; o bien desempeñar algún servicio
en beneficio de la tropa pero que se le admita como soldado de
Cristo Rey.
El General descubre la seriedad, el valor, la juvenil gallardía,
la grandeza de corazón de José Luis; y su mirada limpia y
profunda de niño héroe lo doblega: "Sí, te acepto entre
mis soldados. No llevaras ahora las armas; pero serás el
abanderado de mi grupo. Toma la Bandera de Cristo Rey. Llévala
siempre con honor". José Luis emocionado, como quien ha
recibido el mejor regalo del cielo, toma ardientemente entre sus
manos la Bandera y estampa en ella un beso con respeto y amor:
beso de abanderado de Cristo Rey.
En el ejército la figura de José Luis se agiganta, todos lo
admiran y lo quieren. Su carácter, su voluntad -supuesta la
gracia de Dios- lo hizo todo. Nada le arredraba. Los grandes
sacrificios de campaña sólo lograron robustecer su corazón.
El 5 de febrero de 1928 se libra un duro combate en las cercanías
de Cotija, el entusiasta abanderado de Cristo Rey infunde
confianza y valor a los cristeros con sus gritos de ¡Viva Cristo
Rey y Sta. María de Guadalupe!. Al ver que al General Luis Guizar
le matan su caballo, se baja del suyo y con valor y alegría le
dice: "Tome mi caballo General, a usted lo necesitamos todos.
Yo no hago falta a nadie. Yo sabré como arreglármelas".
Esa misma tarde José Luis cae prisionero tras heroica
resistencia, un soldado enemigo le arrebata la bandera y pretende
obligarlo a pisotearla. ¡imposible! José Luis y su bandera
identificados. La Bandera se movía en sus manos con signo de
grandeza a su grito de Viva Cristo Rey. ¡Cómo iba a pisotearla!
Algo tan sagrado: la patria, Cristo, su ideal, su alma... ¡jamas!.
Al impulso de su fe y de su amor quiso besar la Bandera y le
dieron un bofetón. Pero aquel golpe, expresión de la bajeza y
brutalidad, le enardece y un volcán de amor lo hace gritar: ¡Viva
Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!, José Luis caía por
tierra con un segundo bofetón para levantarse enardecido por el
fuego de la hoguera interior de amor a Jesucristo.
Le echan una soga al cuello y casi arrastrando lo conducen sus
verdugos hasta Sahuayo y lo encarcelan en la Iglesia parroquial
convertida entonces en cuartel por las tropas anticatólicas,
donde por medio de halagos y amenazas quisieron hacerlo desistir
de su propósito de permanecer fiel a Cristo, diciéndole: "
No tienes sino gritar ¡Viva Calles! o ¡Viva el Gobierno! y te
dejaremos libre. Si te encaprichas en tus tonterías cristeras te
vamos a matar" a lo que respondía desde el fondo de su alma:
¡Viva Cristo Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe!.
Y así fue el 10 de febrero de 1928. Es de noche. José Luis el
fuerte, el entusiasta el que se desplazaba ligero por atender a
las tropas cristeras, ahora no puede caminar. le han desollado las
plantas de los pies, pero el amor de Cristo lo hace caminar hasta
el campo santo. Desgrana con sus manos su rosario de cuentas
gastadas. En el campo santo han abierto una fosa que no llevara
nombre, frente a ésta le incitan nuevamente a que de las espaldas
al Rey. José Luis besando el rosario responde con nuevas
alabanzas a Cristo Rey y Sta. María de Guadalupe. Ante tal
firmeza cabal de cristiano convencido, los soldados empiezan a apuñalarlo;
al sentir heridas sus carnes, su último grito fue: ¡Viva Cristo
Rey! ¡Viva la Virgen de Guadalupe! .
Siete puñaladas lo hirieron
y mutilaron al borde de su propia tumba. Un tiro brutal de pistola
disparado por el capitán, enfurecido por la firmeza del mártir,
atravesó su frente limpia; y José Luis cayó y quedó envuelto
en la Bandera de su propia sangre, apretando fuertemente el
crucifijo de su rosario. Murió en la raya, como lo deseaba.
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