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Fundación de los Legionarios de
Cristo
el Padre Marcial Maciel y Cotija
HISTORIA
DE UNA FUNDACIÓN
Una
vocación temprana: «Yo era un joven de quince años cuando sentí
que Cristo me llamaba a entregar mi vida al servicio de su Reino. No
era yo quien quiso lanzarse a una aventura que superaba mis propias
fuerzas: "no sois vosotros quienes me habéis elegido a mí.
Soy yo quien os he elegido y os he enviado para que deis fruto y
vuestro fruto permanezca". Mi educación familiar,
especialmente cuidada por mi madre, se había distinguido por un
gran respeto y veneración a la figura del sacerdote, verdadero
ministro de Cristo. Pero yo nunca consideré que tal vocación fuera
para mí».
Mayo
de 1934: una pregunta inocente de dos religiosas conocidas suyas
hizo pensar al joven Marcial Maciel en la vocación sacerdotal: «Un
día de mayo, en mi pueblo natal, regresando de mi parroquia, en
donde había rezado el rosario, hacia mi casa, me encontré con dos
religiosas, conocidas de mi familia, que por motivos del conflicto
religioso vivían fuera del convento. Al saludarme, una de ellas se
extraño de verme porque creía que yo me había ido al seminario
que mi tío Rafael Guízar y Valencia, obispo de Veracruz, tenía en
la ciudad de Méjico. Me hizo la pregunta de por qué no me había
quedado a ser sacerdote. Yo contesté: "¿También yo puedo ser
sacerdote?". Ella me respondió: "Sí, tú puedes".
Entonces fue cuando por vez primera percibí que también yo podía
ser sacerdote. De esta, llamémosla así, "confusión" se
sirvió Dios para hacerme comprender que él me llamaba. En ese
momento comprendí con claridad meridiana que Dios había fijado su
mirada en mí, que me escogía como sacerdote suyo, a pesar de mi
indignidad y mi miseria. Fue una experiencia espiritual muy honda,
que llevo grabada todavía en mi corazón, que no me deja y a la
cual vuelvo mi mirada todos los días para agradecer a Dios su don y
pedirle fuerzas para que le sea fiel».
Dos
años después, vencidos todos los obstáculos, dejó su pueblo
natal, Cotija de la Paz, en el centro de la República Mejicana,
para seguir la llamada de Dios en el seminario que su tío Don
Rafael, Obispo de Veracruz, tenía en la ciudad de Méjico. La vida
en aquel seminario clandestino a causa de la persecución religiosa
de esos años, exigía fuertes sacrificios; pero transcurría con
cierta normalidad para todos los seminaristas.
Fue
durante una visita al Santísimo, en la fiesta del Sagrado Corazón
del año 1936. Marcial percibió, nitidísima, la llamada de Dios a
formar una agrupación de sacerdotes que se entregaran con
entusiasmo y generosidad a la difusión del reinado de Jesucristo.
De nada le valieron sus argumentos contrarios ante el Señor: tenía
sólo dieciséis años, no tenía experiencia, había sacerdotes
bien preparados para esa fundación.... Nada, la voz interior insistía.
Era como una segunda vocación. Era el inicio de una gran aventura,
maravillosamente contada en la sintética biografía del Padre
Maciel de un libro-homenaje en sus bodas de oro sacerdotales
titulado Legionarios de Cristo.
Una
costosa fundación
Ni
en el seminario de Veracruz, fallecido el obispo, su tío don
Rafael, ni en el de Montezuma, en Nuevo Méjico, USA, dirigido por
los padres de la Compañía de Jesús, Maciel pudo llevar a cabo sus
intentos de fundación. )Cómo un joven seminarista podía fundar
una nueva orden de sacerdotes? Acudió entonces a su tío, Monseñor
Francisco González Arias, Obispo de Cuernavaca, quien le aceptó en
la diócesis, muy cercana a la capital, y le asignó unos profesores
particulares para que prosiguiera sus estudios eclesiásticos. El
continuaba sintiendo el reclamo interior de la fundación, hasta que
llegó el momento:
«Tres
estancias en el sótano de una casa antigua; unos cuantos periódicos
por colchón, la toalla como cobija, y de almohada los propios
zapatos envueltos en el pantalón. Es el 3 de enero de 1941. Ha
nacido la congregación religiosa de "Los Legionarios de
Cristo". Trece jóvenes, guiados por un seminarista de 20 años,
estudiante de teología. Estaban resueltas las necesidades económicas
más elementales, y tenía ya un lugar para albergar a la nueva
comunidad: la buena señorita Natalia Retes había puesto a su
disposición los sótanos de su casa, en la calle Turín 39, en la
Ciudad de Méjico; en la parte de arriba podían también hacer uso
de la sala, que sería la capilla, y del comedor. No era demasiado,
pero bastaba para empezar».
El
diario de la naciente congregación se abre con sencillez: «El
viernes primero, consagrado al Sacratísimo Corazón de Jesús, con
la santa misa y adoración de ese día al Santísimo Sacramento, se
dio por inaugurada la Apostólica Misional».
Desde
la primera inspiración de fundación Marcial había concebido un
grupo de sacerdotes profundamente preparados: «El 13 de enero
comenzó el curso escolar, con un intenso programa de estudios,
basado en los programas de los mejores seminarios de Méjico y
estructurado de acuerdo con el plan del seminario de Cuernavaca. La
vida de la nueva comunidad transcurría serena, en la dedicación
intensa a la oración, el estudio, la formación espiritual y humana
que el joven seminarista fundador y el sacerdote que colaboraba con
él iban inculcando a aquellos niños entusiastas».
Pronto
las circunstancias obligaron a trasladarse a otra casa al sur de la
capital de Méjico. No iba a ser el último cambio. La joven
comunidad pasó todo tipo de necesidades, mientras el joven fundador
se mostraba como tal, todo un padre:
«Se
levantaba hacia las tres de la madrugada para ordeñar la vaca,
salir a vender parte de la leche, y comprar huevos, pan o fruta.
Despertaba luego a sus muchachos; les preparaba el desayuno, les
dirigía la meditación matutina; después les ayudaba con algunas
clases y conferencias, les acompañaba en sus recreos, siempre
atento a su formación espiritual y humana. Con frecuencia salía de
casa limosneando de puerta en puerta lo necesario para poder
mantener a los hermanos. Otras veces marchaba en busca de nuevas
vocaciones para el Instituto. Por la noche, ante la imagen de María,
les hacía unas reflexiones espirituales que caldeaban los corazones
antes de acostarse; les hablaba de sus proyectos apostólicos por el
mundo... Cuando reinaba ya el silencio en la casa, Marcial se
retiraba a estudiar algunas horas: había que preparar los exámenes
de teología. Y de nuevo, a las tres de la mañana... La familia iba
creciendo. El 17 de noviembre del mismo año, se incorporaron 17
nuevos chicos».
Madurez
aventajada
Y
llegó el gran día de su ordenación. El 26 de noviembre, Monseñor
González Arias, ungió sacerdote a su sobrino Marcial en la basílica
de Nuestra Señora de Guadalupe, en Méjico. El primer sueño del
joven sacerdote fue la fundación del noviciado. El 19 de marzo de
1945 quince de los primeros miembros del Instituto, que ahora
contaban con unos 17 años, comenzaron el postulantado. Pensando en
la Aprobación Canónica, Monseñor González Arias deseaba que una
persona experimentada redactara un informe objetivo sobre el
naciente Instituto. Se lo solicitó, pues, al Padre Ángel Oñate,
superior general de los Misioneros del Espíritu Santo. Tras un período
de atenta observación, el Padre Oñate escribía:
«Se
cultiva el espíritu de los jóvenes con mucha atención viéndose
palpables los frutos de su dirección, pues en general son los
alumnos muy piadosos, aman con ardor su vocación de misioneros,
tienen una devoción edificante al Divino Corazón de Jesús y a la
Virgen Santísima, son obedientes, dóciles, alegres, muy
respetuosos, y reina entre ellos una grande unión y caridad
fraterna».
Y
más adelante, hablando del fundador: «Su edad es corta (25 años);
pero su experiencia y madurez aventajan. Es notable el tino y
prudencia con que ha sabido llevar la obra hasta el estado actual.
Posee ideas y proyectos magníficos que espera llevar a la práctica
para el desarrollo y perfección de la obra. Por lo que parece
necesario que sea él mismo quien la dirija y encauce para que no se
descarríe. Creo con toda sinceridad que se prepara allí una obra
grande para la gloria de Dios y bien de la Santa Iglesia... y que la
obra está madura para que se pueda pedir a la Santa Sede la
aprobación necesaria y pueda ser erigida cuanto antes la Congregación
Religiosa de los Misioneros del Sagrado Corazón de Jesús».
La
fundación del noviciado se había tenido que ir retrasando. Pero se
acercaba el día -que llegaría el 25 de marzo de 1946-, y el
fundador quería perfilar bien todos los elementos necesarios para
ese momento. Deseaba sobre todo que los futuros novicios
comprendieran muy bien cuál era el fulcro de la espiritualidad de
la Congregación. En una carta de esos meses les escribía así a
los suyos:
«Por
más que voy y vuelvo, por más que comparo uno y otro los métodos
de los maestros de la vida espiritual, no puedo convencerme de que
haya camino más corto y más seguro para alcanzar la perfección,
que el estudio y la imitación de Cristo, basado en un amor ardiente
y personal a su Divino Corazón y en una fiel imitación de su
doctrina y de su testimonio, transformada en un celo apasionado por
el bien y la salvación de los hombres».
Madrid,
Roma, y Comillas
El
sueño por una mejor preparación intelectual para los suyos, el
encuentro con el rector de la Universidad Pontificia de Comillas, y
la necesidad de viajar a Roma para pedir la aprobación del
Instituto, le llevaron a hacer escala en Madrid:
«A
la llegada a España las cosas se complicaron. El rector de Comillas
le explicó que no podría ayudarle ante el gobierno. ¿Qué podía
hacer él solo, sin conocer a nadie en aquellas tierras? De pronto,
otro encuentro fortuito. Buscando la dirección de una calle de
Madrid fue a dar con el historiador mejicano Rubio Mañé que notó
inmediatamente su acento patrio. Se pusieron a conversar. Y al
conocer su problema le dijo admirado: ¡Qué casualidad, mañana
mismo tengo cita con el Ministro de Asuntos Exteriores, Martín
Artajo; le hablaré de su caso!. Efectivamente, el señor ministro
recibió amablemente al fundador mejicano, y le prometió su ayuda,
con tal de que el Papa aprobara la institución».
El
8 de junio llegó el P. Maciel a Roma: Solicitó hospedaje en varios
lugares, sin éxito:
«Cuando
se disponía a pasar la noche junto al rió Tíber, un joven belga,
que hablaba algunas palabras de español, le puso en contacto con un
amigo, que le hospedó en el Pontificio Colegio Pío
Latinoamericano. Deseaba hablar directamente con el Papa. Un sueño,
le explicaron. Se requería la recomendación de algún conocido,
conseguir audiencia y esperar muchos días, quizás semanas. Pero él
tenía que hablar con el Papa. Días más tarde Pío XII celebraba
en San Pedro una misa solemne de beatificación. El Padre Maciel se
introdujo entre la gente, y al terminar la ceremonia se puso un
roquete sobre el brazo y se colocó junto a uno de los cardenales
que acompañaban al Papa. Pudo así acercarse a Pío XII mientras
saludaba a los cardenales. "Santo Padre, soy un sacerdote
mejicano, y tengo una cosa importante que decirle, pero no conozco a
nadie que me presente". Pío XII se dirigió a su secretario:
"Mañana a las 12:00". En la audiencia del día siguiente
el Papa se interesó vivamente por la nueva fundación y alentó al
fundador a seguir adelante y a presentar a los organismos
competentes de la Curia la petición de la Aprobación Canónica».
Del
palacio al pesebre
Pudo
así volver enseguida a España con algunas cartas de recomendación
y con la esperanza de una muy pronta aprobación oficial. Ante estos
hechos, el Ministro de Asuntos Exteriores le ofreció las becas
prometidas y le puso en contacto con el Marqués de Comillas, quien
le ofreció el pasaje para sus muchachos en uno de sus barcos desde
Cuba hasta España. El 2 de septiembre salieron rumbo a España los
primeros 34 Misioneros del Sagrado Corazón, acompañados por su
fundador:
«La
acogida en la Universidad de Comillas, el prestigioso centro de
formación de sacerdotes diocesanos que los jesuitas dirigían, en
el verdor de la montaña santanderina, no podría haber sido más
abierta y cálida. Los alumnos seminaristas se encariñaron
enseguida con aquel grupo de mejicanos o "manitos", como
ellos les llamaban. El fervor natural y entusiasta de aquellos jóvenes
pioneros les atraía y les inquietaba. El joven sacerdote mejicano
al que los muchachos llamaban "Nuestro Padre" suscitaba
entre ellos algo más que curiosidad. Comenzaron a pedirle dirección
espiritual y confesión, y pronto muchos de ellos quisieron formar
parte del naciente instituto religioso. Ocho de ellos, algunos años
después, habrían de ser un importante apoyo en el afianzamiento de
la congregación».
Se
habían establecido en el desván del Palacio de verano del Marqués.
Pero, a primeros de diciembre, se trasladaron a la casa de Santa Lucía,
en las afueras del pueblo de Comillas. No había sitio para todos,
así que tuvieron que acondicionar la vaquería para dormitorio.
Aquel invierno de 1946 fue muy duro. La copiosa nieve montañera se
colaba entre las rendijas del tejado. El Padre Maciel colocó una
imagen de Jesús Niño sobre pajas en uno de los pesebres de la
vaquería. Cuando arreciaba el frío los chicos se acordaban de
aquel otro pesebre en el pueblo de Belén: "Jesucristo, Nuestro
Señor, bajó del cielo al humilde pesebre de Belén, y nosotros,
por amor a Jesucristo, bajamos del Palacio del Marqués al pesebre
de la vaquería".
Líderes
para América y para el mundo
Por
la corta edad del fundador, las gestiones para la aprobación se hacían
cada vez más difíciles, a pesar de los buenos informes que recibían
en Roma, tan favorables como el texto del Padre Lucio Rodrigo, de la
Universidad de Comillas: «Opino decididamente que el P. Marcial
Maciel es un hombre extraordinario y de su Congregación puede
esperarse un instrumento eficacísimo para gloria de Dios y la
salvación de las almas».
O
como la carta del Padre Baeza, Rector de la Universidad: «El
Padre Maciel ha sabido darles una formación de verdaderos
religiosos, a juzgar por las muestras que tenemos a la vista. En el
padre hay un espíritu superior a sus años. Su piedad y su celo, así
como su eficacia sacerdotales no son nada vulgares...».
Pero
después también llegaron otros informes con falsas acusaciones. El
Padre Maciel no era hombre que se dejara abatir. En alguna ocasión
creyó que todo estaba perdido: «Se retiró a la basílica de
San Pedro, se arrodilló ante un altar en un rincón oscuro, y unió
la súplica al llanto. Cuando levantó la mirada reconoció que
estaba en el altar de la imagen de la Virgen del Perpetuo Socorro.
Una luz de esperanza invadió su ánimo y salió dispuesto a seguir
luchando».
Días
más tarde el Cardenal Canali, amigo de la congregación, le concedió
una audiencia particular con el Papa: «Pío XII se alegró
sinceramente al constatar los progresos del naciente Instituto, y
después de oír hablar al fundador de su espiritualidad y sus
planes le pidió en tono decidido: "Líderes, Padre Maciel;
tenemos que formar y ganar para Cristo a los líderes de América
Latina y del mundo".».
En
aquella audiencia del 12 de mayo de 1948, Pío XII dejó este gran
legado para la nueva orden a punto de ser aprobada: «Después de
una preparación profunda, espiritual e intelectual, en los miembros
de la Institución es urgente una labor decididamente apostólica.
Apruebo y bendigo las formas de apostolado que se proponen. Creo que
el mismo Dios se las ha inspirado y rogaré a Dios para que pronto
puedan realizar la misión que la divina providencia les ha asignado».
Una
empresa exigente
El
13 de junio de 1948, monseñor Alfonso Espino, obispo de Cuernavaca,
sucesor del difunto Mons. Francisco González Arias, en una
ceremonia íntima y sencilla, firmó el decreto que daba vida a la
nueva congregación en el seno de la Iglesia, de acuerdo con el «Nihil
obstat» emanado por la Santa Sede en el mes anterior.
Inmediatamente el Padre Maciel emitió los votos religiosos en manos
del Obispo de Cuernavaca, y fue nombrado primer superior general de
la congregación. A continuación el Padre Maciel recibió los votos
religiosos de pobreza, obediencia y castidad de los dos primeros jóvenes,
Hermano Alfredo Torres y Hermano Rafael Cuena.
Había
nacido en el seno de la Iglesia la congregación de los Legionarios
de Cristo. Larga y sufrida había sido su gestación desde aquel 3
de enero de hacía siete años. Por delante se abría un camino
igualmente jalonado de cruces y de bendiciones de Dios. No es a
otros, sino a esos mismos trece jóvenes, ahora multiplicado por
miles, que con aquel joven de 20 años, el 3 de enero de 1941,
comenzaban una aventura nueva, a los que Juan Pablo II, el 27 de
enero de 1980, se dirigía para confirmarles en su vocación:
«Estos
hermosos años de preparación que estáis viviendo, aunque a veces
puedan parecer largos, nunca podrán ser suficientes si miráis la
finalidad e importancia de la tarea estupenda a realizar. En efecto,
llenarse de los sentimientos del mismo Cristo en el estudio, en la
oración, en la obediencia y en la formación del propio carácter,
es una empresa exigente, progresiva, merecedora del más generoso
esfuerzo. El objetivo al que ello va destinado requiere todo el
entusiasmo de unas fuerzas juveniles. Sí, porque os preparáis nada
menos que a ser ministros de Cristo y dispensadores de los misterios
de Dios»
El
camino de una «empresa exigente» que habrían de recorrer con amor
el fundador y todos aquellos a quienes fuera llamando el Señor,
para servir a la Iglesia y al mundo, no sólo como Legionarios de
Cristo, sino también como jóvenes, adultos, y familias, en el
Movimiento Regnum Christi, ligado estrechamente a la orden, y
compartiendo con ella la misma espiritualidad, una espiritualidad
cristocéntrica, para una misión en la que el Reino de Cristo es su
única razón de ser.
*Del
libro: «Testigos del Espíritu. Los nuevos líderes católicos:
movimientos y comunidades» escrito por Manuel Mª. Bru Alonso,
Madrid 1998 (ligeramente abreviado)
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